“En la decisión del voto entran en juego muchos mecanismos inconscientes”

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“En Argentina es típico que el día de la elección, uno vaya a votar y alguien le diga ‘votá bien’. ¿Qué cuernos quiere decir esto? ¿Se puede votar bien o mal antes de conocer el resultado de la gestión de los candidatos?”, se pregunta el doctor en biología Pedro Bekinschtein en su nuevo libro Neurociencia para (nunca) cambiar de opinion (Ediciones B). Investigador del Instituto de Neurociencia Cognitiva y Traslacional (INCYT, de triple dependencia: Universidad Favaloro, Fundación Ineco y Conicet), Bekinschtein intenta responder en qué se basan nuestras decisiones a la hora de votar y por qué es tan difícil cambiar de opinión, cuáles son los mecanismos psicológicos y cognitivos involucrados en lo que él llama “la necedad del cerebro”.

“El libro es una exploración no solo de cómo la gente vota, sino cómo es que decide el voto y por qué se generan ciertas creencias acerca de los candidatos o de ciertos partidos políticos. Por ejemplo, una persona negra que vota a un candidato que es claramente racista. ¿Cómo es que se llega a ese punto? Y eso lo estamos viendo con las ultraderechas, con Donald Trump en EE.UU. y ahora con Boris Johnson en Inglaterra. Empecé a preguntarme esas cosas y eso me llevó a una exploración en distintos niveles: desde cómo las personas perciben el mundo hasta cómo reaccionamos emocionalmente a las distintas situaciones. Y cómo eso influye después en cuestiones más complejas de comportamiento, como las ideologías politicas”, le dijo Bekinschtein a PERFIL antes de las PASO.

—¿ Uno suele pensar que el voto es una decisión que se toma a partir de valorar las propuestas de los candidatos. ¿Es así en la práctica?

—Claramente no, si no, no existirían las campañas políticas. Los candidatos deberían presentar las plataformas, uno las leería y ya está. Pero lo cierto es que se hacen campañas políticas no necesariamente a base de propuestas. De hecho, en estas elecciones en particular en los spots lo que menos se vio fueron propuestas. En cambio, estuvieron dirigidos a otros aspectos, a generar reacciones emocionales en las personas de manera de causar miedo, empatía o ternura. Hay algunos estudios que muestran que hay personas que son más susceptibles a este tipo de estrategias. Por ejemplo, estudios entre conservadores y liberales en EE.UU. muestran que las personas más conservadoras reaccionan más a situaciones amenazantes. Cuando en la campaña se habla del delito, la inseguridad, eso en algunas personas va a generar una respuesta emocional más fuerte que en otras.

—¿Qué entra en juego entonces al momento de decidir el voto? ¿No hay lugar para lo racional?

—Sí, lo racional se construye sobre la base de decisiones que uno en general toma de antemano. Es un tipo de razonamiento motivado, está direccionado por llegar a una conclusión que yo ya tengo. Uno piensa que la decisión es racional, que en realidad el voto está pensado, pero hay un montón de mecanismos no conscientes que juegan partido, como por ejemplo las reacciones emocionales que nos puede provocar la cara o la voz del candidato. Por otro lado, si tenemos una preferencia por un candidato o partido, por lo general buscamos argumentos que coincidan con esas creencias. Es lo que se conoce como “sesgo de confirmación”. Lo que hacemos es alimentar justamente esa decisión que estaba tomada casi desde el principio. Cuando nos encontramos con algo que no coincide con nuestras creencias, un argumento para que votemos en contra, se ponen en juego distintos mecanismos dependiendo de cuánto uno esté comprometido con ese candidato o partido. Ese argumento puede ser amenazante pero la respuesta emocional, en vez de hacernos cambiar de opinión, refuerza nuestra creencia.

—¿Qué otros factores entran en juego?

—Hay eventos que son aleatorios que no están relacionados con la campaña y que pueden cambiar la manera en que las personas votan en dos o tres puntos. Por ejemplo, en la semana anterior a las elecciones, si tu equipo preferido ganó el campeonato de fútbol, esa sensación de felicidad se transfiere al candidato de turno. Eso es inconsciente, no es que ese candidato ayudó al equipo a ganar, sino que tenés una sensación de bienestar que la atribuís al candidato.

—¿Existen bases biológicas que expliquen las diferencias en ideología política?

—Hay bastantes evidencias. Es una ciencia muy joven. Los estudios son los clásicos en gemelos y mellizos. Si comparamos una carcaterística determinada, podemos saber qué parte de ese aspecto tiene una base genética, suponiendo que cada par de hermanos compartió el mismo ambiente de crianza. Si los gemelos se parecen más en esa característica a los mellizos, entonces el componente genético es significativo. En esa comparación sale en qué porcentaje un rasgo es heredable. Para ideología política es alrededor del 30, 40% dependiendo el estudio. Hay que tener en cuenta que cuando uno habla de estas características heredables, está hablando de heredar una predispoción a esa característica. La ideología política es algo muy complejo, por eso los investigadores están empezando a pensar cómo se puede construir eso, qué características tienen un componente heredable claro, que son más simples de estudiar y pueden estar relacionadas. En EE.UU. compararon liberales, más de izquierda, con los republicanos, más de derecha, y encontraron que características como la apertura a nuevas experiencias están asociadas a pensamiento liberal mientras que características como ser más resistentes al cambio tienen que ver con ideologías más conservadoras.

‘Necedad del cerebro’: por qué es díficil cambiar de opinión

“El razonamiento tipo motivado tiene mucho que ver con la resistencia al cambio de opinión”, dice Pedro Bekinschtein. “Si vos querés pertenecer a determinado grupo, eso genera cierto confort y seguridad y queremos seguir perteneciendo. Comenzamos a razonar direccionalmente para no quedar como unos tontos. En los terraplanistas se ve muy claro, porque hay un montón de evidencia en contra: todas las fotos sacadas desde el espacio. Pero en cambio de admitir que estoy equivocado, voy a cambiar mi manera de razonar y decir: ‘esas fotos son falsas’. Para que sean falsas tienen que pasar un montón de otras cosas: debe haber una conspiración. Para justificar eso empiezan a generar un montón de creencias que no son reales. Eso empieza a crecer y la persona se comienza a aislar del resto de la gente, solo se junta con un grupo de gente que piensa como él y empieza a ver a los otros como enemigos.

—¿Qué estrategia sería efectiva para llegar a esos grupos?

— Las evidencias dicen que la gente que está muy radicalizada es muy difícil que cambie su opinión, lo fuerte es trabajar con los grises, los que tienen dudas, que en realidad son la mayoría. Ahí hay un campo fértil para trabajar. Pero quienes tienen más visibilidad son los grupos radicalizados. Con los grises hay que ver qué argumentos funcionan, ya que los mismos argumentos no funcionan para distintos grupos y creencias. Hay que redireccionarlos.